Has tenido una conversación con alguien. Todo ha transcurrido con normalidad, os habéis despedido y cada uno ha seguido con su día. Sin embargo, cuando llegas a casa, empiezas a darle vueltas a algo que has dicho. Te preguntas si te has explicado bien, si la otra persona habrá interpretado mal tus palabras o si deberías haber respondido de otra manera.
Quizá no haya ocurrido nada especialmente importante. Tal vez ni siquiera recuerdes exactamente cómo empezó la conversación. Pero tu cabeza sigue ahí, intentando encontrar una respuesta que te permita quedarte tranquilo.
Y lo curioso es que, aunque sabes que probablemente no haya sido para tanto, no consigues dejar de pensarlo.
Si te reconoces en esta situación, quizá te hayas preguntado alguna vez por qué te afecta tanto lo que los demás piensan de ti. Por qué te cuesta expresar una opinión diferente, decir que no o tomar una decisión sin preguntarte cómo se la tomarán los demás.
La respuesta no siempre tiene que ver con la inseguridad. A veces, lo que hacemos para evitar el rechazo o la desaprobación termina condicionando mucho más nuestra vida de lo que nos gustaría.
Cuando una conversación no termina cuando termina
Hay personas que, después de relacionarse con los demás, necesitan repasar mentalmente lo que ha ocurrido. Recuerdan sus palabras, analizan los gestos de la otra persona e intentan averiguar qué impresión han causado.
Quizá alguien ha respondido con menos entusiasmo del habitual y empiezas a preguntarte si has hecho algo mal. Quizá has dicho que no a un favor y, unas horas después, sigues sintiéndote culpable. O quizá has expresado tu desacuerdo y ahora te preocupa que la otra persona haya cambiado su opinión sobre ti.
Entonces empiezas a buscar explicaciones, repasas mentalmente diferentes posibilidades e intentas encontrar alguna señal que confirme que todo está bien. Tal vez incluso terminas escribiendo un mensaje para asegurarte de que la otra persona no se ha molestado.
A corto plazo, comprobarlo puede tranquilizarte. Sin embargo, cuando necesitas hacerlo cada vez que aparece una duda, puedes acabar dependiendo de esa confirmación para recuperar la calma.
Poco a poco, relacionarte con los demás deja de ser únicamente una oportunidad para compartir, disfrutar o expresarte. También se convierte en una tarea constante de vigilancia: comprobar si has actuado correctamente, si has gustado y si has conseguido evitar cualquier señal de desaprobación.
No se trata de que te dé igual lo que piensen los demás
A menudo escuchamos que debemos aprender a que no nos importe la opinión de nadie. Que tenemos que ser nosotros mismos, dejar de buscar aprobación y vivir sin preocuparnos por lo que puedan decir.
Pero las relaciones humanas no funcionan de una manera tan sencilla.
Es normal que nos importe cómo nos perciben las personas con las que convivimos. Queremos sentirnos aceptados, mantener nuestros vínculos y saber que nuestras relaciones son importantes para los demás. Una crítica puede doler y sentir que hemos decepcionado a alguien puede generar malestar.
La dificultad aparece cuando el deseo de ser aceptados empieza a condicionar demasiado lo que hacemos, lo que decimos y las decisiones que tomamos.
Cuando dejamos de expresar una opinión por miedo a incomodar. Cuando aceptamos planes que no queremos porque nos preocupa decepcionar. Cuando nos cuesta poner límites porque anticipamos que la otra persona se enfadará.
En esos momentos, quizá ya no estemos actuando tanto en función de lo que queremos como de aquello que intentamos evitar.
El miedo a caer mal puede hacer que dejes de mostrarte como eres
Imagina que alguien te propone un plan y no te apetece ir.
Podrías decir que no, explicar que necesitas descansar y continuar con tu día. Sin embargo, si te preocupa mucho decepcionar a los demás, quizá empieces a buscar una excusa que parezca suficientemente convincente.
Te preguntas si la otra persona se lo tomará mal, si pensará que no te interesa la relación o si dejará de contar contigo en el futuro.
Finalmente, aceptas el plan o justificas tu decisión tantas veces que terminas sintiendo que necesitas permiso para hacer algo tan sencillo como elegir cómo quieres emplear tu tiempo.
Evitar el posible conflicto puede aliviarte en ese momento. No tienes que enfrentarte a la incomodidad de imaginar que alguien está decepcionado contigo.
Pero ese alivio puede tener un coste. Cada vez que renuncias a expresar lo que necesitas para evitar una reacción que temes, pierdes una oportunidad de comprobar que puedes decir que no y seguir manteniendo una relación.
No significa que tengas que decir todo lo que piensas ni que debas dejar de tener en cuenta a los demás. Significa que cuidar una relación no debería exigirte desaparecer dentro de ella.
No puedes controlar por completo lo que los demás piensan de ti
Esta es, probablemente, una de las partes más difíciles de aceptar.
Puedes expresarte con cuidado, actuar con respeto, intentar comprender a los demás y responsabilizarte de tus errores. Aun así, alguien puede interpretarte mal, no compartir tus decisiones o sentirse decepcionado contigo.
Y eso no siempre significa que hayas hecho algo incorrecto.
A veces habrás cometido un error y tendrás la oportunidad de reconocerlo. Otras, habrá un desacuerdo legítimo. Y en ocasiones, sencillamente, no podrás evitar que alguien tenga una opinión sobre ti que no te guste.
El problema aparece cuando intentas eliminar esa posibilidad a toda costa.
Si para sentirte tranquilo necesitas saber que nadie está molesto contigo, que todas tus decisiones serán comprendidas y que las personas importantes para ti siempre aprobarán lo que haces, acabarás dependiendo de algo que no está completamente en tus manos.
Quizá el objetivo no sea conseguir que nada te afecte ni convertirte en una persona indiferente. Quizá sea aprender a convivir con cierta incertidumbre sin que esta decida por ti.
Poder sentir incomodidad después de una conversación sin necesitar analizarla durante horas. Expresar una opinión aunque exista la posibilidad de que alguien no esté de acuerdo. Poner un límite aunque te preocupe cómo será recibido.
Empezar a relacionarte de otra manera
Si te reconoces en esta forma de funcionar, no necesitas obligarte a dejar de pensar en lo que los demás opinan de ti. Puedes empezar observando qué ocurre en situaciones concretas.
La próxima vez que sientas la necesidad de dar explicaciones, buscar aprobación o comprobar si alguien se ha enfadado contigo, intenta preguntarte: ¿qué temo que ocurra si no hago esto?
Quizá te preocupe que la otra persona se moleste, que piense que eres egoísta o que cambie la imagen que tiene de ti. No se trata de convencerte de que nada de eso puede suceder, sino de reconocer qué estás intentando evitar y cuánto estás dispuesto a sacrificar para conseguirlo.
Después, puedes hacerte otra pregunta: si no tuviera que resolver ahora mismo esta incomodidad, ¿qué elegiría hacer?
A veces la respuesta será hablar con alguien, disculparte por algo que realmente has hecho mal o intentar reparar una situación. Otras veces será permitir que una conversación termine sin seguir analizándola, aceptar que alguien pueda discrepar contigo o mantener una decisión aunque no recibas la aprobación que esperabas.
La diferencia está en actuar porque consideras que es lo adecuado, no únicamente para dejar de sentir miedo.
En consulta, cuando trabajamos estas dificultades, no buscamos que la persona deje de valorar sus relaciones ni que se vuelva indiferente a los demás. Buscamos que pueda actuar de una forma más libre, sin que el miedo al rechazo determine constantemente sus decisiones.
Una última reflexión
Quizá llevas mucho tiempo intentando ser una persona que no incomoda, que siempre está disponible, que sabe responder de la manera adecuada y que procura no decepcionar a nadie.
Puede que hayas aprendido a anticiparte a las reacciones de los demás y a revisar una y otra vez si has hecho algo mal. Y quizá eso te haya ayudado, en determinados momentos, a evitar conflictos o a sentirte más seguro en tus relaciones.
Pero también puede estar haciendo que vivas demasiado pendiente de cómo te perciben los demás y muy poco atento a cómo quieres vivir tú.
No necesitas dejar de escuchar, cuidar o tener en cuenta a las personas importantes para ti. Puedes seguir valorando tus relaciones y, al mismo tiempo, permitirte discrepar, equivocarte, decir que no y tomar decisiones que no todo el mundo comprenda.
Porque tener en cuenta lo que los demás piensan de ti no es lo mismo que necesitar su aprobación para sentirte bien contigo mismo.
Y aprender a distinguir entre ambas cosas puede cambiar mucho la forma en que te relacionas, con los demás y contigo.
Soy Marta Gandín, Psicóloga Sanitaria. Fundadora y CEO en Marta Gandín Psicología. Te ofrezco un espacio seguro donde comprender, aceptar y transformar aquello que hoy te hace sufrir, desde un enfoque basado en la evidencia científica y adaptado a tus necesidades.
Atiendo de forma presencial en Cáceres y Torrejoncillo, y también de manera online para toda España.
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